En la cima del mundo, sexo en la azotea.

  Ellos escriben

 


Acostumbro a ver la ciudad todos los domingos por la noche en la azotea de mi edificio a mi querida ciudad para despedirme de la semana, es un ritual de gratitud hacia el tiempo pasado y esperanza al periodo de siete días que llega.


Vivo en una comunidad de vecinos amables pero distantes, dos torres con un patio común, buenos días, buenas tardes y poco más.


Perla es diferente, es una vecina de la torre de enfrente que siempre saluda con un “Que tengas un buen día” que hace diferente mi percepción y empatía hacia ella. Por este motivo decidí invitarla a un café un buen día de verano y aceptó. Charlamos, nos conocimos un poco y enseguida me di cuenta que sólo teníamos tres puntos en común, estamos solteros, no queremos compromisos y nos gusta el sexo, aunque esto lo descubrí después.


 Es muy guapa. En ocasiones ha venido a mi casa por cortesía y yo a la suya para reparar sus cacharros. Su mirada es de esas en la que reconoces que te desnuda. Manteníamos una cierta afinidad y un día decidí enfrentarme a ella con el propósito de lograr un acercamiento un poco más afectivo o si era posible mas íntimo. No lo negaré, tenia ganas de follarme a esa muchacha.


Con pecas en su cara y alguna que otra en su pecho ligeramente escotado solo me hacía pensar en contarlas todas, imaginaba que podía encontrar alguna en su coño. Después de un mes acercamiento y teniendo ella conocimiento de lo que yo hacía los domingos por las noches. Decidió llamarme. Era muy tarde ya y estaba por bajarme a la cama. Cuando suena mi teléfono y era Perla, preguntándome que si llevaba los prismáticos que siempre llevo para espiar a los transeúntes.


 Efectivamente los llevaba puestos, me pidió que apuntara mi mirada a su cuarto y estaba ella ahí. Desnuda sobre la cama. Masturbándose lentamente sin mirar al exterior para no cruzar nuestras miradas. Seguía viendo a Perla como pasaba sus dedos por los labios y aplicaba un poco de lubricante natural. Mojaba de la manera más perversa sus dedos de uno en uno, de dos en dos, para que yo me excitara. La azotea estaba oscura y decidí masturbarme con ella, en ese momento que me decía cuando me deseaba le dije que yo también, que estaba masturbando mirando y escuchando sus jadeos al otro lado del auricular del móvil. Decidimos que debíamos llegar juntos. Le pedí que metiera sus dedos y se estimulara el clítoris, se veía crecer el morbo y mi pene estaba a punto de estallar, me pidió que la esperara, y le dije que cuando ella quisiera llegara, yo esperaría su señal. Su cara era de placer total, estaba lista, lo pude comprobar por sus gemidos descontrolados y fue ahí cuando me corrí siete pisos sobre el suelo.


Una experiencia como ninguna.




enviado por: Anónimo

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